Los deportes estadounidenses pasaron más de un siglo manteniendo los juegos de azar lo más lejos posible, en nombre de preservar la pureza competitiva y repeler el escándalo y la corrupción. Ahora, menos de seis años después de que la Corte Suprema abriera la puerta para que los estados adoptaran las apuestas deportivas legales, las principales ligas estadounidenses ya están enfrentando los lados más oscuros de las apuestas deportivas con una frecuencia alarmante.
Y en el centro de los problemas está la población cuya capacidad para apostar en deportes se ve más gravemente restringida: los propios atletas. Sólo en las últimas dos semanas, los jugadores de las principales ligas profesionales y universitarias se han visto arrastrados a una avalancha creciente de escándalos de juego que mostraron cuán peligroso se ha vuelto el nuevo panorama. A principios de este mes, la Asociación Nacional de Baloncesto recibió quejas de jugadores y de un entrenador en jefe sobre la creciente influencia de las apuestas y sus peligros potenciales. Días después, el delantero de los Toronto Raptors, Jontay Porter, se convirtió en objeto de una investigación de la liga por supuestas actividades de apuestas sospechosas. Mientras tanto, la Liga Nacional de Fútbol suspendió a 10 jugadores por apostar el año pasado. Las controversias se han extendido también al ámbito colegiado.
En el período previo a March Madness, el mayor evento de apuestas deportivas en Estados Unidos, el equipo de baloncesto masculino de la Universidad de Temple fue señalado por la destacada firma de vigilancia del juego US Integrity por actividad de apuestas sospechosas en sus juegos.
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